jueves, 23 de octubre de 2008

SU TABACO, GRACIAS.

“Su tabaco, gracias”. Y te suelta un paquete de la marca que has elegido. Así reacciona la máquina expendedora (las pocas que quedan) cuando uno introduce el importe y le da al botón correspondiente. Así funcionamos nosotros, sin darnos cuenta, ante la mayoría de los estímulos externos, especialmente cuando esos estímulos vienen de los demás. Nos han educado para eso, vivimos en una sociedad que fomenta eso y nos hemos empapado de ese comportamiento desde pequeños. Hemos creado hábitos, hemos creado el hábito de la respuesta automática.
Cuando alguien nos halaga, nos sentimos bien y respondemos con algo amable o con una frase de modestia (de falsa modestia o como consecuencia de nuestro complejo de inferioridad); cuando alguien nos insulta o agravia, nos sentimos agredidos y nos ponemos en guardia, devolviendo la agresión al otro. Esto, que en principio no es nada malo de por sí, sino solo formas o modos de comportamiento, se convierte en algo disfuncional no por el hecho en sí, sino por el modo de hacerlo: el modo automático, el modo habitual, el modo no racional, el modo emocional, el modo reactivo. Funcionamos por reacción y no por acción, es decir, en nuestra vida cotidiana no solemos actuar sino reaccionar. Como la máquina de tabaco. Pero nosotros no somos máquinas de tabaco, ni siquiera somos máquinas a secas. Se nos supone seres humanos, racionales, con capacidad de pensar por nosotros mismo, de tomar decisiones y de aplicarlas. Eso es libertad, esa capacidad de decidir como nos comportamos o actuamos ante los estímulos externos o internos es lo que nos hace libres.
Cuando nos enfrentamos ante un estímulo desagradable o considerado como “malo” (un insulto, un desprecio, una desgracia personal o una catástrofe natural) usamos nuestro manual de instrucciones mental que nos indica como debemos sentirnos y actuar: debemos sentirnos agraviados, enfadados, tristes…y actuar en consecuencia, devolviendo la pelota o hundiéndonos en la miseria de la autocompasión, que no hace más que retroalimentar el proceso. Porque este tipo de conducta, repetido una y mil veces llega a crear asociaciones neuronales especializadas para reproducir este tipo de conducta. Es decir, vamos perdiendo poco a poco nuestra libertad de actuación ante los acontecimientos de la vida, para los cuales solo somos capaces de dar una respuesta, siempre la misma. Como la máquina de tabaco. A tal estímulo, tal respuesta.
Este tipo de actitud nos resta libertad porque permitimos que sean los demás o las circunstancias quienes determinen nuestro comportamiento, en lugar de ser nosotros mismos amos y señores de nuestros actos. Nos convertimos en máquinas de tabaco muy fáciles de manipular y todos lo sabemos. Todos sabemos como podemos manejar al prójimo cuando nos interesa, mediante el halago o mediante el insulto o el desprecio. Basta con pulsar el botón correcto y todos saltamos automáticamente. “Su tabaco, gracias”.
¿Por qué nos ocurre esto? Sería algo complejo de explicar y quizá merecedor de otra entrada, pero en resumen se podrían dar dos causas. La primera es que no sabemos ver la realidad más que a través del filtro de nuestra mente. La segunda es que no sabemos que somos libres de actuar como nos plazca ante los estímulos externos. Ahora bien, siendo las cosas como son ¿tiene esto arreglo? La respuesta es sí, pero hay que trabajárselo. Es necesario conocer nuestra manera de pensar, centrarnos y estudiarnos un poquito (o un mucho) a nosotros mismos para comprobar si esto es verdad o no, si actuamos de este modo irreflexivo. Tomar conciencia de esta realidad que, por frecuente, asumimos como natural. Este es el primer paso, reconocer el problema. Reconocer que cuando actuamos así no actuamos libremente, sino que es el exterior o los otros quienes deciden nuestros actos.
Reconocido el problema, tenemos ya en nuestras manos la mitad de la solución. La otra mitad consiste en darnos cuenta de nada nos obliga a responder de una manera determinada, más que nuestro hábito de hacerlo así. Si asumimos esto, veremos que podemos dar la respuesta que queramos ante cualquier estímulo externo, que podemos recobrar nuestra libertad de actuación. Cuando alguien nos insulta o nos trata de manera desagradable podemos sonreír, darnos la vuelta o marcharnos o incluso responderle con otro insulto, pero siempre de manera consciente, decidiendo que lo queremos hacer así y sabiendo que existen otras opciones y que no las usamos porque no nos parecen adecuadas en ese momento y no porque no podamos usarlas. Lo mismo se puede aplicar en el caso contrario, ante un estímulo positivo, aunque estos casos suelan crearnos menos problemas. Pero también es importante prestarles atención porque si seguimos usando el hábito para reaccionar ante lo positivo (aunque eso nos de placer) esa costumbre seguirá arraigando en nuestro cerebro y tenderemos a seguir usándolo para reaccionar ante los estímulos negativos. A menudo conviene parar unos segundos antes de responder y observar lo que pasa por nuestra mente en esos momentos.
En cuanto a las emociones, es un tema más difícil de trabajar. Pero siendo conscientes de ellas cuando las sentimos es más fácil canalizarlas de modo eficaz. Si tenemos asumido lo que he expuesto antes, si tenemos claro que podemos actuar y no reaccionar ante los estímulos, seremos capaces de manejar emociones como la ira, el enfado o el miedo sin que ellas determinen por sí solas nuestro comportamiento.
Eso sí, quien algo quiere algo le cuesta. Otra opción es conformarnos con ser máquinas de tabaco.

5 comentarios:

Juan dijo...

Fantástico Celadus....me lo has quitado de la boca, jajajajaja.

Me has dado ideas para profundizar en esto que has expuesto.

Echo de menos una palabreja: comodidad. La reacción es mucho más cómoda que la acción. Creo que la comodidad es la principal causa de nuestras incomodidades.

Este tema da para mucho Celadus. Un abrazo.

Portorosa dijo...

Muy interesante, me ha gustado.

Me parece importante no "menospreciar" los efectos del halago (ni su condición de posible herramienta de manipulación), simplemente porque sean, en principio, positivos. No sé dónde decían (hasta creo que en una película) que hay gente capaz de aguantar cualquier crítica con entereza y objetividad, pero que casi nadie es inmune al halago.

Un saludo. Y gracias por el enlace.

Celadus dijo...

Gracias a ti, portorosa. Es un honor leerte por aquí.

Portorosa dijo...

¡Eh, no voy a picar con los halagos! El honor es mío, que quede claro :)

Un saludo.

Celadus dijo...

jajajaja...Vale, lo dejamos en mutuo ;)