domingo, 20 de julio de 2008

ARQUEOLOGÍA SENTIMENTAL



Hay lugares donde el tiempo parece haberse detenido, donde la vida y la muerte parecen haber llegado a un pacto entre caballeros y el desastre de antaño se convierte en el milagro de hoy. Pompeya es uno de esos lugares. Pudiera pensarse que la visita a la ciudad del Vesuvio le evocará al viajero sensaciones desagradables de desazón por el mucho sufrimiento que pasaron sus habitantes durante aquellos dos días del verano del 79, cuando, bajo el gobierno del emperador Tito, el dios Vulcano desató todo su poder sobre los mortales, sepultando bajo la lava y las cenizas las principales ciudades de la bahía de Nápoles. Esa historia ya se ha contado muchas veces en libros y películas, no me detendré ahora en ella. Quien lo desee puede informarse plenamente de los detalles escabrosos o recrearse con las imágenes inmortalizadas para siempre de los seres humanos y animales que, convertidas en silentes estatuas de escayola, cuentan su historia en silencio desde las vitrinas de los museos o las fotos de los libros.
Sorprenderá a quien no haya pisado las calles empedradas de Pompeya leer que no se trata de una ciudad muerta sino, bien al contrario, de una ciudad rebosante de vida. El excelente trabajo realizado allí por los amantes del arte desde mediados de siglo XVIII y por los arqueólogos a partir de finales del XIX han devuelto a la vida a Pompeya junto a sus hermanas, Herculano y Estabia. Caminar por las calles pompeyanas, asomarse a las puertas de las casas que permanecen cerradas, a sus tabernas, panaderías o edificios públicos supone hoy codearse con cientos de personas de distinta procedencia que hablan en lenguas extrañas, caminan de arriba abajo, entran y salen por sus puertas, se detienen a refrescarse en sus fuentes o a descansar a la sombra de los pórticos del tórrido sol sureño, exactamente igual que hacían sus habitantes hace casi 2.000 años. Esa aglomeración de gente que en cualquier otro lugar podría considerarse un inconveniente, se convierte en Pompeya en la clave para que la ciudad retorne a la vida. Ciudad predilecta de veraneo y descanso de los potentados romanos, los visitantes de hoy en día hace que los faunos danzantes de pinturas y esculturas recobren todo su significado de amor por la vida, que las inscripciones en las paredes o los rótulos de negocios y propaganda electoral vuelva a ser leídas por nuevos ojos, que los pies se detengan recelosos ante el umbral de una casa ante el aviso “Cave canem”: cuidado con el perro. El perro ya no está, pero eso poco importa.
Decía uno de los arqueólogos que trabajan en la ciudad, en una frase particularmente acertada, que lo que se hacía en Pompeya es “arqueología sentimental”. No puedo estar más de acuerdo con esa afirmación. Pompeya no dejará indiferente a nadie con un mínimo de sensibilidad. Si los antiguos egipcios buscaba con la momificación la inmortalidad, Pompeya y sus habitantes la lograron sin buscarla gracias a la erupción del Vesuvio. Revivir en parte sus vidas mientras uno siente sobre su piel el mismo calor de aquel último mes de agosto, mientras contempla el mismo cielo y pisa el mismo suelo tantos siglos después es el mejor homenaje que uno puede hacer a su memoria.



3 comentarios:

Cris dijo...

Siempre me ha fascinado Pompeya, por toda su historia. Como bien dices es una ciudad llena de vida.

Lal dijo...

Tal y como lo cuentas, dan aún más ganas de visitarla.
Yo tengo grabada a fuego, desde pequeña, la imagen de ese perro acurrucado en el suelo para siempre...

bowman dijo...

Nos vemos en Pompeya.
Abrazos